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¡Hola, erizos! 🦔

Hace tiempo que no me paso por aquí, y tenía un poco de mono por escribiros algo que os gustase. Aunque podéis leer algo en el título, quiero volver a decirlo, ¡formo parte de una antología preciosa! Su nombre es, como veis, «Los invencibles» y está organizada por Rebeca Fernández Román y Raquelita Gómez, dos jóvenes autoras a las que ya he tenido el placer de conocer su pluma, en colaboración con la asociación Sanagua Aspace Zamora. Además de conocer a autores que no había leído antes, coincido con personas que van a iniciar su mundo en la escritura por primera vez y eso me encanta. 

Os dejo por aquí la portada y, por supuesto, os cuento un poco más de ella y el relato que podéis encontrar. El tema que nos propusieron las organizadoras era sencillo tenía que tener una superación personal, mejor si era con niños, y con un mensaje positivo. Todo se organizaba para ayudar a niños que tenían una serie de problemas que les impedía llevar una vida como cualquier otro y, debido a que la hija de la prima de Rebeca formaba parte de esta asociación, ni Rebeca ni Raquel dudaron en darle este pequeño regalo. 

Mi relato se llama «Julieta, siempre serás bailarina» y si habéis leído mi libro «Solo si es contigo» veréis que se trata de la hija de Amanda, la hija por la que Tristán, el protagonista, no dejó de luchar hasta el final del libro. Siempre me llamó la atención escribir algo sobre ella, pero que no fuese lo suficiente como un libro, por lo que encontré aquí mi oportunidad para describir a una mujer fuerte, sin miedos y que, además, fuese de ayuda para otras personas. 

Conté con la ayuda de Toñi Fernández, amiga, escritora y pedagoga terapeuta.
Sabía que ella podía darme los mejores consejos para crear una trama sin lagunas, con la información suficiente y correcta para desarrollar la historia de Julieta y Amanda. Os voy a dejar por aquí también un pedacito pequeño del relato por si os gusta, ¡no dudéis en darle una oportunidad a la antología! Puedes adquirirla en Amazon.

Me atusé el pelo delante de aquel espejo empañado y miré mi ropa una vez más. Llevaba cuatro días sin salir del hospital y sentía que tenía que cambiarme cuanto antes. Los pantalones negros cada vez tenían más manchas y la blusa blanca apestaba a sudor. Giré sobre mis tacones bajos de aguja cuando escuché el sonido de la alarma que indicaba que las puertas del ascensor se habían abierto.


Salí de él con decisión, escuchando el repiqueteo de mis zapatos hasta llegar a la habitación de Julieta. Me sequé las lágrimas por el camino y con el dedo índice me extendí el poco maquillaje que quedaba en mi rostro para tapar el reguero blanquecino que dejaba mi llanto por mis mejillas.


Las enfermeras me miraban desde sus ocupaciones con lástima, a pesar de que les había dicho en un par de ocasiones que no lo hicieran, parecía que no lo podían evitar. Con esta semana, ya serían cuatro las que llevaba postrada en la cama sin un diagnóstico esclarecedor. Todo sucedió muy rápido. La música del coche estaba más alta de lo que debía y no me di cuenta de que tenía una cola de coches detrás, esperando que avanzara después de que el semáforo se pusiera en verde.


Julieta cantaba su canción favorita en un idioma que solo ella entendía y yo bailaba con ella ladeando la cabeza sin perder de vista la carretera. Un niño de no más de doce años cruzó, a pesar de que no había ningún paso de peatones para hacerlo. Iba con su monopatín y unos cascos por los que, supuse, estaba escuchando música. Frené en seco, haciendo sonar las ruedas quemadas con la calzada. Miré asustada el asiento trasero para ver si Julieta estaba bien. Seguía cantando en un susurro. Segundos después, el morro de un coche había colisionado contra el mío.


Julieta no despertaba.


Parecía que después del accidente todo iba bien. Yo no había sufrido daño alguno y Julieta solo tenía un simple temblor en las extremidades. Sabía que tendrían que hacerle una exploración a fondo para detectar si había algún daño, sobre todo en su sistema locomotor, pero nunca se me pasó por la cabeza que todo eso duraría tanto tiempo.


Una enfermera que había tenido aquel día un turno especial, me había concedido el favor de quedarse con la niña el tiempo suficiente para tomarme un café. La comida que servían no me gustaba, por lo que llevaba casi todo ese tiempo sin comer. Había perdido bastante peso y el pantalón podría llegar a caerse de mi cintura de un momento a otro, pero no me importaba en absoluto.


—¿Todo bien, Martina?


No sé si me dejo cosas en el tintero. Probablemente sí, pero es que lo bueno, se da en pequeñas dosis...

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